La negación (Serena Azul)
Los clavos detrás de la puerta
La artesanía ha muerto. Viva la artesanía (Federico Oña)
El "Arbolón" del Campo de Valdés (Luis Fernández Valdés "LUDI")

A un olmo viejo (Antonio Machado)
El Oyamel. (Ángel María Garibay)
El Olivo. (Ángel María Garibay)
El Aile. (Ángel María Garibay)
De árbol a árbol. (Mario Benedetti / Joan Manuel Serrat -Cancionero-)
A una encina verde. (Joan Manuel Serrat -Cancionero-)
Mi árbol y yo (Alberto Cortez)

La palmera (Luis Fernández Valdés "LUDI")
El ciprés de Silos (Gerardo Diego)

La negación

Era el solitario del pueblo por herencia. Su padre le había enseñado el oficio de carpintero. Se le veía ocasionalmente, con su sobretodo a cuesta y su cigarro apagado, murmurando cosas inciertas, viejos relatos que su abuelo le había transmitido y que por conveniencia, era mejor recordar.

Lo bautizaron, displicentemente, Fardo, así lo reconocían en todas las calles empedradas de su pueblo. Era como un elemento prescindible e ignorado.

El guardaba las historias de todos, los conocía y sabía hasta donde podían llegar cada uno con sus intrigas. Su hermetismo solo se abría al paso de una muchacha, bella y cristalina, de nombre Mariana. Fardo no sólo estaba enamorado de ella, su pensamiento era asaltado por su figura y alegría en todo momento. Y ella lo ignoraba como todos los demás, lo creía tonto.

Nunca se le veía en los lugares corrientes, y siempre aparecía de pronto, quizás alimentando gatos o asistiendo a gente de la calle, de verdad era extraño. Él tampoco ayudaba para que no lo consideraran así. Siempre huía de una mirada o de un cuestionamiento, ¿seria eso estar maldito?

Fardo, amaba a esa chiquilla, solo que Mariana tenía puestos sus ojos en el camino que traía a los forasteros. Y él, observaba el umbral de la casa y la ventana, donde podía arrancar una flor sin que ella se diera cuenta.

Muchos se reían a su paso, por huraño, por su parquedad, creían que era un miedoso, también él no hacía nada para cambiar este concepto.

Desde niño fue la presencia fantasmal de aquel padre que le enseñó el oficio, claro que se rebeló tantas veces como pudo y por consejo de otros, renegó de su sangre, del único vínculo terrenal que poseía, y se dio cuenta en seguida que lo identificaban siempre como el hijo del solitario. Y volvía avergonzado a su hogar, mientras que el padre le servía un plato caliente de comida sin preguntarle nada.

Practicó por tantos años el silencio, que cuando el viejo murió, selló con dos monedas de plata sus ojos y gritó sin proferir un solo sonido, siendo ésta su ofrenda a quien se permitió ver tan poca distancia y tan poco horizonte.

Un mes duró su duelo, y de aprendiz paso a ocupar el lugar que a nadie le interesaba tener. No era fácil el desempeño de sus funciones, pero alguien debía cumplirlas porque todos tenían un rol dentro de esa sociedad.

Fardo tenía un espíritu preparado para soportar las bromas de los niños avispados del lugar, un grado de tolerancia para enfrentar las subestimaciones de grupos de muchachos y superar emocionalmente, los comentarios dichos al pasar de las matronas de barrio, que inventaban cuentos a costa suya, confundiendo la realidad de la verdadera historia.

Fardo era un artesano y hacia cosas hermosas en madera tallada. Sus manos descubrían el mundo como debía de ser. Grababa en finos pliegues todo el amor que llevaba dentro y de sus trabajos emergían objetos de gran valuación estética y emocional. Quién podría haber supuesto esta veta del hombre más gris del pueblo?...

Las ventas las realizaba fuera de su entorno, sabía de su notoriedad y del reconocimiento, de la conmoción que provocaban sus tallas, conocía el éxito, pero le otorgaba relativa importancia. Se había habituado a los malos códigos de su gente, desistía del llamado de otros lugares.

Se fue aproximando la fecha de las fiestas de la patrona del pueblo. Por espacio de 3 noches, habría misa, baile y festejos.

En la primer noche se fueron reuniendo todos los vecinos ante el altar mayor dispuesto en la plaza, acogidos por un sentimiento de fraternidad. Luego de la ceremonia la música invadió cada rincón y surgió el deseo de bailar, se inició la fiesta con fuegos artificiales.

Allí estaba Mariana radiante, joven y bella, y un Fardo en las sombras, sereno, que no le quitaba los ojos de encima. Ella se empezó a sentir algo incómoda, y algo curiosa por ese hombre que la miraba mas allá de todos los presentes. Hasta que unió sus ojos con él. Tan segura estaba que él no se acercaría, que jugó a seducirlo y provocarlo. Nada los unía, pero fue tarde cuando se dio cuenta que él la miraba de una manera que la ponía nerviosa e insensata. Esa noche ambos tuvieron la oportunidad de acercarse más de lo acostumbrado. Apenas cruzaron palabras, pero fue un deleite el cruce de sus miradas.

Cada noche de los festejos, él trajo una flor diferente para detectar cuál le gustaba a Mariana. Ella estaba preocupada por lo que estaba pasando y no podía contárselo a nadie, ni a su madre, ni a sus amigas, se reirían de ella.

Al tercer día, unas lilas, simples y silvestres llegaron al corazón de la muchacha, él no titubeó en prendérselas en el vestido de organza blanca, y tomándola de la mano la alejó de la fiesta y de la música. Y acariciando el pelo de la muchacha, fue Mariana la que buscó la boca de ese hombre tan extraño, que titubeó por un instante hasta entregarse. Unos besos únicos, dulces y tiernos. Fardo quedó solo en el campo sobrándole aire en sus pulmones. Mariana corrió y corrió hasta desaparecer, llevándose consigo el más grande amor que un hombre le daría en toda su vida.

Él se sentía esperanzado, podía creer en eso que siempre se le había negado. Pensar en ella era mirar las cosas de diferente manera, hasta respiraba mejor, deseaba verla, que ella le contara cosas, que viera su trabajo, regalarle su mejor talla y amarla. No sabía que era el principio de su obsesión...

Mariana no sabía lo que había desatado en ese hombre, pero no daría ocasión de aclararle nada, tenía tiempo para revertir las cosas, sólo que no entendía esas sensaciones internas que la invadían. No se jugaría a ser la novia del tonto del pueblo, por mas besos tiernos que pudiera dar.

Fardo aguardó cada noche frente a la casa de su amada, una señal, un mensaje, algo. A las once de la noche la casa se sumía en una completa obscuridad, esa fue la respuesta y así, se dio cuenta que tenía que desistir, su orgullo le aconsejo que la ocasión vendría por sí sola.

No hubo otra oportunidad, Mariana se las ingenió para evitarlo. Apareció por el camino un Capitán, que fascinado por la belleza de la muchacha la colmó de atenciones y regalos, ofreciéndole matrimonio. Mariana, lo consideró, pero más la presiono su madre y sus amigas, y ella estaba hinchada de vanidad y orgullo.

Día de fiesta en el pueblo, dia de casamiento, la iglesia abarrotada de gente, familias, amigos, curiosos, se acomodaban para lograr puestos preferenciales, mientras aguardaban a la novia. La música empezó a sonar para recibir a la más bonita, envuelta en tules, rasos y perlas. Mariana veía desdibujado al Capitán con su uniforme de gala, tenía conciencia que no debía estar en ese lugar y menos casarse con ese desconocido.

La ceremonia iba a comenzar cuando en la entrada de la iglesia apareció un hombre vestido de blanco con lilas en su solapa. Caminó de manera firme por el centro, acercándose más al altar, extrajo un pequeño revolver del interior de su traje, siendo una mujer, con su grito, quien dio la alerta. Todo fue un desconcierto, Fardo apuntó a todo el mundo, abriéndose paso.

Mariana, no entendía nada, hasta que lo vio, mirándola con esos ojos de adoración, con esa arma que le apuntaba al corazón. Él avanzaba seguro, hasta que alguien grito: ¡Alto! Era un compañero de armas del novio. Pero Fardo siguió hasta que el estallido en su espalda retumbó en toda la iglesia, llevándose la imagen de su niña que lo socorría.

Una novia manchada con su sangre era lo que Fardo se llevaba y el calor del abrazo de su amada. Un murmullo fue lo ultimo que percibió... El amigo del novio recogió con un pañuelo el arma de ese malviviente tiñiendo el lienzo con un tinte negro dejado por la magnífica réplica del arma tallada en madera...

Serena Azul

Los clavos detrás de la puerta

Esta es la historia de un muchachito que tenia muy mal carácter.

Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar un clavo detrás de la puerta. El primer día, el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta.

Las semanas que siguieron, a medida que él aprendía a controlar su mal genio, clavaba cada vez menos clavos detrás de la puerta.

Semanas después descubrió que era mas fácil controlar su genio que clavar clavos detrás de la puerta. Llego el día en que pudo controlar su carácter durante todo el día. Después de informar a su padre, éste le sugirió que retirara un clavo cada día que lograra controlar su carácter.

Los días pasaron y el joven pudo anunciar a su padre que no quedaban más clavos para retirar de la puerta... Su padre lo tomó de la mano y lo llevó hasta la puerta y le dijo: "has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca más será la misma. Cada vez que tu pierdes la paciencia, dejas cicatrices exactamente como las que aquí ves. Tu puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero el modo como se lo digas lo devastará y la cicatriz perdurará para siempre. Una ofensa verbal es tan dañina como una ofensa física.

Los amigos son en verdad una joya rara. Ellos te hacen reír, te animan y son la clave de tu éxito. Ellos te prestan todo, te dan palabras de elogio y de consuelo cuando lo necesitas y siempre quieren abrirnos sus corazones. Quedarse sin amigos por los clavos que has dejado en su espíritu, es la evidencia del peor de los fracasos.

La artesanía ha muerto. Viva la artesanía.

La civilización, el progreso,... la vida, es un continuo de encrucijadas. Habitualmente, en nombre de ese "desarrollo", el hombre toma decisiones que suponen tirar piedras contra su propio tejado: se talan indiscriminadamente zonas de selva virgen para favorecer las comunicaciones o peor, como beneficio económico de unos pocos. Se contamina, se destruye, se desertiza... Acabamos con los recursos naturales sin importarnos el mañana, como si el tiempo nunca pudiera venir a escupirnos en la cara lo que ya hemos hecho contra este planeta. Y digo "hemos hecho", porque aunque tomemos medidas de actuación y concienciación sobre el respeto al medio ambiente, yo no estoy seguro de que Gaia se recupere de las cicatrices que ya tiene.

Con este panorama, tan pesimista sobre lo vital, parece fútil que en esta reflexión intente romper una lanza a favor del trabajo manual, de la artesanía, como una forma única de fabricación, que tiende a desaparecer por muchas razones, pero sobre todo, porque no es valorada en su justa medida.

Ya casi no quedan artesanos. Es muy difícil vivir de este trabajo. Contra casi cualquier especialidad artesana, aparece una fabricación industrial estandarizada que abarata muchísimo el producto final. Mas... ¿es eso lo que queremos? Yo comprendo que determinados productos puedan y deban fabricarse de esta forma, fundamentalmente para responder a una demanda masiva a un precio ajustado. Pero estamos hablando de economía de mercado, de oferta y demanda... Ahí no puede competir el artesano. Evidentemente, el producto hecho a mano tiene unos costes de producción mucho mayores, consecuencia directa de la forma de elaboración. La diferencia, trivial para algunos, fundamental para mí, es que no estamos hablando del mismo resultado. El objeto realizado en el taller artesanal debe estar hecho con las mejores materias primas, con un acabado que no sea comparable al industrial, con esa identidad, forjada a base de dedicación y amor al trabajo, que sólo puede tener una pieza única. Y yo me pregunto: ¿es menos obra de arte un colgante de azabache, un cinturón de cuero labrado o un cabecero de cama tallado a mano en madera, por la simple razón de que son útiles?

Hay un hueco en este difícil mercado, pero no es compitiendo por fabricar más, sino por hacer mejor y diferente. Demos a nuestras piezas hechas a mano una personalidad que las haga deseadas por el consumidor exigente. Para ello, no es necesario darle la espalda a la tecnología. De hecho, desde mi modesta opinión, debemos hacer todo lo contrario. Utilizar las máquinas para facilitar las tareas ingratas y menos artísticas, pero controlando siempre el proceso de forma manual. También aprovechando las posibilidades creativas que nos brinda el uso de ordenadores y otros elementos de diseño. Hay un abismo entre esto y la fabricación en serie o la robotización.

Si lo que queremos es que la artesanía no desaparezca, tratemos de difundir nuestro conocimiento. Sería duro presenciar en unos años la muerte de la alfarería, la orfebrería, la luthería, la cantería y tantas otras variantes del trabajo tradicional y los oficios artesanos. Los grandes maestros en cada disciplina deben convertirse en ejemplo de las nuevas generaciones, transmitiendo sus conocimientos. Tan importante como eso es la creación de la conciencia popular sobre el valor del objeto artesanal. Si esto no ocurre, probablemente veamos desaparecer muchos oficios delante de nuestros ojos.

Realmente una gran responsabilidad para todos, pero que a los artesanos no nos asusta porque "está en nuestras manos".

Federico Oña.
Artículo publicado en el nº 13 de la revista Araguaney

El "Arbolón" del Campo de Valdés.
(ARRANCADO HACE TIEMPO POR UN HURACÁN)

Ha muerto la acacia,
cayó el árbol viejo,
su tronco nudoso, tronzado y herido
por racha de viento,
hoy yace humillado,
tendido en el suelo.
¡Pobre árbol anciano!
¡Caray! ¡Pobre viejo!

No serás más el blanco sufrido
de chicos traviesos,
que dañaban tu santo ramaje
con crueles gomeros,
persiguiendo a los chises, gorriones,
pioyines, jilgueros
y demás avecillas alegres
que en rápido vuelo,
temerosas buscaban refugio
en tu noble seno.
¡Pobre árbol anciano!
¡Caray! ¡Pobre viejo!

No podrás ya servir de toldaje
frondoso y espeso,
en las tardes de sol abrasante
que funda los sesos,
a los viejos que a tu dulce sombra
tomaban el fresco,
o la brisa que el mar les mandaba
envuelta entre besos,
a la vez que formaban senado...
senado o congreso.
¡Pobre árbol anciano!
¡Caray! ¡Pobre viejo!

No será ya más, mudo testigo,
tu tronco senecto,
de los gratos y dulces coloquios
que a tu sombra tuvieron efecto.
No podrás ya servirnos de biombo,
no serás tú ya más testaferro
de los dulces y tiernos idilios,
¡qué idilios más tiernos!
que tuvieron lugar en la sombra
que tu tronco añejo
proyectaba en el muro ruinoso
del viejo convento.
¡Pobre árbol anciano!
¡Caray! ¡Pobre viejo!

¡Cuántas noches oscuras de estío
y algunas de invierno,
imprudentes y necios turbaron
la paz de tu sueño,
el rozar pasional de un abrazo
o el chasquido sonoro de un beso,
de un beso muy largo,
muy largo y extenso;
y en aquel despertar impensado,
en el colmo de tu desperezo,
viste a alguna soltera o casada
con un punto casado o soltero,
que en el banco de marras sentados
se contaban sus mutuos deseos!

¡Cuántas veces cayóte la baba,
contemplando con cálido anhelo
la fusión de unas manos de nieve,
el fulgor de unos ojos de fuego,
las palabras de miel de la Alcarria
de una boca de labios sangrientos,
mientras tú, con tu santa pachorra,
contemplabas aquel adulterio
sin apenas chistar, impasible!
¡Ni un leñazo les diste en obsequio!
Entretanto, la luna en lo alto
ostentaba sus pálidos cuernos.

No nos digas quién era la dama,
no nos digas quién era el mancebo,
no lo digas, ¡por Dios!, sella el labio,
que si llega el marido a saberlo,
a la esposa la vuelve papilla
y al galán le escabecha los sesos.
¡Ten la lengua, por Dios, noble acacia,
que a tu tumba se vaya el secreto...!

Ha muerto la acacia,
cayó el árbol viejo,
su tronco nudoso, tronzado y herido
por racha de viento,
hoy yace humillado,
tendido en el suelo.
¡Pobre árbol anciano!
¡Caray! ¡Pobre viejo!

Luis Fernández Valdés "LUDI"


A un olmo viejo.

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Antonio Machado, 4 de mayo de 1912

El oyamel.

Glauca en las cumbres tu ojival cabeza,
cual arpa al viento, sin cesar se mece;
mitos ocultos murmurar parece,
o que, piadosa, sin cansarse reza.

Del huracán se burla tu firmeza,
tu plumígera fronda se estremece,
y, ni al invierno, ni al ardor perece,
azul e inmóvil, muere como empieza.

Todo eres bello; por ti sube el alma
a otras alturas y en la paz reposa
que tu frondoso tremular destila.

Pero es más bella la profunda calma
de un ataúd, hecho de ti, en la fosa
que el dolor abre y el amor vigila.

Ángel María Garibay

El Olivo.

Tengo una deuda con tu fruto, olivo,
olivo de la paz y la victoria;
quemé el placer y olvidé la gloria
y al olor de tus ungüentos vivo.

Tuya es la unción con que poder recibo,
tuyo el germen que guarda mi memoria:
al llegar a la vida transitoria,
o al partir, unjo al hombre fugitivo.

Hojas, espadas que besó la luna,
copa florida, que a la abeja mieles
das y al doliente, trepidante abrigo.

Amo la suavidad de tu aceituna
más que palmas, y mirtos y laureles,
árbol de Palas y de Cristo amigo.

Ángel María Garibay

El Aile

Yo soy el árbol que a la orilla crece
del ondulante y querelloso río;
yo, sin cesar, mi imagen le confío,
él, sin cesar, la copia y desaparece.

Cuando el sol meridiano lo adormece,
bajo a besarlo y sufro su desvío,
cuanto más a mis pies atarlo ansío,
tanto mejor fugaz se desvanece.

¡Así la vida es! Eterna lucha
del amante al amado dura estalla:
cuanto más le persigue, más se aleja.

Cuando el ardor de su pasión escucha,
del amante en el fondo apenas halla
que ama su imagen que el amor refleja.

Ángel María Garibay

De árbol a árbol

Seguro que los diarios
no lo preguntarán
¿los árboles serán
acaso solidarios?

¿Digamos el olivo de Jaén
con el terco quebracho de entre los ríos?
¿O el triste sauce de Tacuarembó
con el castaño de Campos Elíseos?

¿Qué se revelarán de árbol a árbol?
¿Desde Westfalia avisará la encina
al demacrado alerce del Tirol
que administre mejor su trementina?

Seguro que los diarios
no lo preguntarán
¿los árboles serán
acaso solidarios?

¿Se sentirá el ombú en su pampa húmeda
un hermano de la ceiba antillana?
¿Los de ese bosque y los de aquel jardín
permutarán insectos y hojarasca?

¿Se dirán copa a copa que aquel muérdago
otrora tan sagrado entre los galos
usaba chupadores de corteza
como el menos cordial de los parásitos?

¿Sabrán por fin los cedros libaneses
que su voraz y sádico enemigo
no es el ébano gris de Camerún
ni el arrayán bastardo ni el morisco

ni la palma lineal de Camagüey
sino las hachas de los leñadores
la sierra de las grandes madereras
el rayo como látigo en la noche?

Mario Bendetti/Joan Manuel Serrat (Cancionero)

 

A una encina verde

...Y de haber nacido en la tierra baja
pudo ser timón y volverse al mar.
Pudo ser rueda y ver mundo,
ser mango, cuna o altar.

Pudo ser ceniza y humo
o pudo, simplemente, no haber nacido
donde manda el roble, pero ahí nació
desafiando las reglas,
consentida por el sol.
Más cerca de las estrellas.

De abrazarse al suelo,
a pelear la tierra
con los aguaceros,
de rellenar grietas
con bojes, tomillos y enebros,
de andar huyéndole al hacha
que el amo blande ligero...,
nudos amargos duelen en tus maderas,
encina verde.

Que tus contornos te quieran,
que te respete la muerte.
Que es bueno que cuando el haya enrojece
y los caminos mudan de color,
entre esqueletos de robles,
salpiques con tu verdor
las palideces del bosque.

Joan Manuel Serrat (Cancionero)

 

Mi árbol y yo

Mi madre y yo lo plantamos
en el limite del patio
donde termina la casa
fue mi padre quien lo trajo
yo tenia cinco años
y el apenas una rama

Al llegar la primavera
abonamos bien la tierra
y lo cubrimos de agua
con trocitos de madera
hicimos una barrera
para que no se dañara

Mi árbol brotó,
mi infancia pasó
y hoy bajo su sombra
que tanto creció
tenemos recuerdos
mi árbol y yo

Con el correr de los años,
con los pantalones largos,
me llegó la adolescencia
fue la sombra de mi arbol
una siesta de verano,
donde perdi la inocencia.

Luego fue tiempo de estudios
con regresos a menudo
pero con plena conciencia,
que iniciaba un largo viaje
solo de ida el pasaje
y asi me ganó la ausencia.

Mi arbol quedó,
mi infancia pasó
y hoy bajo su sombra,
que tanto creció
tenemos recuerdos,
mi árbol y yo

Muchos años han pasado
y por fin he regresado
a mi terruño querido,
y en el límite del patio,
allí me estaba esperando
como se espera a un amigo.

Parecía sonreirme,
como queriendo decirme:
¡Mira, estoy lleno de nidos!
Ese arbol que plantamos
hace veinti y tantos años
siendo yo apenas un niño.

Aquel que brotó
y el tiempo pasó
mitad de mi vida,
con él se quedó
y hoy bajo su sombra
que tanto creció,
tenemos recuerdos,
mi árbol y yo.

Alberto Cortez.

La palmera

Es noche oscura (claro está, sin luna),
es un fantasma, una visión grotesca;
más bien que un árbol tropical, es una
sanguijuela monstruosa, gigantesca.

Su talle majestuoso y altanero
se adentra por las célicas negruras,
y su copa, dijérase el plumero
con que limpia San Pedro las alturas.

En las horas de sol esplendoroso
trepa en busca del dátil sustancioso
un negro con aspecto de cloaca,

y a su sombra movible y reducida,
una dama de faz oscurecida
se mece dulcemente en una hamaca.

El ciprés de Silos

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi, señero, dulce firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

Gerardo Diego